Hubo un tiempo en que la locura y la barbarie se apoderaron de nuestro país. Una época en la que salir de noche, usar el pelo largo cuando ibas a la Facu, o pedir un boleto de colectivo más barato en una marcha de estudiantes secundarios te podían significar la muerte.
Sí, la muerte. Pero la peor de las muertes.
Porque no era que te mataban y nada más. Era el peor infierno que te podías imaginar, porque aparecían en tu casa de noche. Una patota de 8 tipos. Entraban como locos, te revolvían toda la casa, te llevaban a vos, o a tu hijo, o a tu padre. Y desparecías. Para siempre.
Ese recuerdo espantoso de la casa revuelta, los gritos y estos desconocidos llevándote a la fuerza serían el último recuerdo que de vos tendrían tus familiares. Tu mamá, tus hermanos, o tus hijos. Adiós para siempre. Ahora sos sólo memoria.
Pero la historia no terminaba para vos. Te esperaba un campo de concentración.
¿Sabés lo que es un campo de concentración? Yo te cuento. Camino a Carlos Paz, en la autopista, sobre mano derecha. Quizás viste alguna vez el letrero de La Perla. Seguro lo viste. Y si no, la próxima vez andá atento.
Ése es un lugar de memoria. Porque antes fue un campo de concentración. O más bien un centro de exterminio. Por ahí pasaron más de 4 mil personas. Se calcula que son mil los que fueron asesinados en ese lugar. Algunos eran chicos como ustedes, como un pibe que se llamaba Oscar Liñeira. 17 años.
Lo peor es que apenas llegaban los prisioneros eran torturados de forma salvaje. Verdaderas bestias humanas eran las que se encargaban de que tuvieran el máximo sufrimiento físico. No les voy a contar los métodos pero son fáciles de buscar en Internet. Lo hacían para que esos detenidos hablaran. Dieran los nombres de sus amigos. Contaran dónde estaban, dónde encontrarlos. Para también atraparlos a ellos. Después de eso ya no servían más. Los dejaban un tiempo durmiendo en el suelo, durante un par de semanas, o a veces meses, y finalmente los mataban.
Y uno a veces se pregunta por qué ocurrieron estas cosas en nuestro país. ¿No somos un país de gente civilizada? La mayoría creemos en Dios, y tenemos el deber del amor al prójimo.
Bueno, muy por el contrario a lo que pensamos, en nuestro país hemos tenido la mala costumbre de resolver nuestras cuestiones de la peor manera.
Y ya que hablamos del día de la memoria, podríamos arrancar esa memoria con lo que fue la campaña del desierto. ¿Se acuerdan que fue? Por las dudas les cuento.
Hace unos 130 años, estamos hablando de 1880, los argentinos pensábamos que los principales causantes de nuestra falta de desarrollo eran los indígenas, los pobladores originales que ocupaban extensiones eternas de la pampa más fértil del mundo.
Heridos porque el blanco les había usurpado grandes tierras, los indios cada tanto atacaban en malones que arrasaban los poblados de aquella época y causaban estragos. Pero claro, estamos de acuerdo en que no eran ellos los invasores.
Durante mucho tiempo la única defensa resultaban los fuertes del ejército criollo y los mangrullos ubicados en lo alto para ver sí venía el malón.
Años después a un tal Adolfo Alsina, gobernador de Buenos Aires, se le ocurrió hacer una zanja, una enorme zanja de 2 metros de profundidad por 4 de ancho. Una idea loca para que los indios no cruzaran.
Por supuesto que la idea no funcionó, y fue motivo de tragedias. Como la ocurrida en noviembre de 1878. En esa ocasión, 60 indios Ranqueles fueron atrapados, torturados y encerrados en un corral de ganado. Por la noche los fusilaron a todos, hombres, mujeres y niños, argumentando que habían intentado fugares. Fue la primera aplicación de “ley de fugas en nuestro país”. Qué es ley de fugas? La forma más limpia de asesinar a un detenido, una pena de muerte cobarde.
Aún con esa masacre, el sistema de la zanja no funcionó. Por eso finalmente un general del ejército –que ahora aparece en el billete de 100 pesos- decidió que era hora de atacar a los indios, correrlos hacia el sur, invadirles su territorio. Fue la llamada Campaña al Desierto, mal llamada así porque no era desierto sino tierras de los pueblos originarios.
Fue una de las grandes masacres de nuestra historia. Y también fue el momento que aprovecharon varios vivos para quedarse con las enormes extensiones de tierra que literalmente les fueron robadas a los indios.
Salvando las distancias, no fue muy distinto lo que pasó hace 39 años con la dictadura. Un terrible plan de exterminio, y por detrás, o mejor dicho, durante, el negocio de unos pocos, a costa del hambre y del sufrimiento del pueblo.
Todavía nos estamos recuperando de la devastación que significó la última dictadura.
Recién ahora está renaciendo la voluntad de participar en política.
Recién ahora se están comenzando a cerrar las heridas de la represión sangrienta.
Recién ahora se están conociendo a muchos de sus responsables.
Recién ahora se está haciendo justicia. Tardía, pero justicia al fin.
Pero lo más llamativo y también esperanzador de todo eso, es que recién ahora estamos convenciéndonos como argentinos, que ese camino de el aniquilamiento del que es distinto, de la destrucción del otro, de la desaparición y la muerte, es un camino que no conduce a ningún lado, sólo al dolor eterno.
Por eso la memoria como única vía de reconstrucción. Para aprender de nuestras heridas. Para no repetir nuestras tragedias. Nunca más.
Esa es la memoria viva que hoy durante toda la jornada hemos querido mantener.
Por eso celebramos hoy nuestro día de la memoria.
Recordemos, aprendamos, enseñemos. Porque es la única manera de ser libres.

Hermosa reflexion profe, la verdad que ese tipo de reflexiones nos ayudan hoy a pensar en todo... Tambien aunque nosotros los jovenes no hubieramos estado ahy en esa epoca ahy gente que si, y esas personas son un ejemplo a seguir, porque a pesar de todo salieron al frente... Espero que se haga justicia por lo de La Perla, por esos 2 cuerpos que se encontraron... Fresia 4to comunicacion
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