Hubo un tiempo en que la locura y la barbarie se apoderaron de nuestro país. Una época en la que salir de noche, usar el pelo largo cuando ibas a la Facu, o pedir un boleto de colectivo más barato en una marcha de estudiantes secundarios te podían significar la muerte.
Sí, la muerte. Pero la peor de las muertes.
Porque no era que te mataban y nada más. Era el peor infierno que te podías imaginar, porque aparecían en tu casa de noche. Una patota de 8 tipos. Entraban como locos, te revolvían toda la casa, te llevaban a vos, o a tu hijo, o a tu padre. Y desparecías. Para siempre.
Ese recuerdo espantoso de la casa revuelta, los gritos y estos desconocidos llevándote a la fuerza serían el último recuerdo que de vos tendrían tus familiares. Tu mamá, tus hermanos, o tus hijos. Adiós para siempre. Ahora sos sólo memoria.